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Turquía e IS: ¿ambivalencia calculada o miedo irrefrenable?

“Esta campaña antiterrorista se librará a través de un esfuerzo constante e implacable, que busca eliminar a IS donde quiera que esté, empleando nuestro poderío aéreo y el apoyo de fuerzas aliadas en el terreno… No dudaré en tomar acción tanto en Iraq como en Siria. Debe quedar claro que si amenazan a EE. UU. no encontrarán santuario en ningún lugar del mundo”, dijo Barack Obama durante una intervención de 15 minutos, que retransmitieron en directo por las principales cadenas de televisión norteamericanas el pasado 10 de septiembre.


Al igual que ocurrió en el caso de Libia, la intención de Obama siempre ha sido que la intervención de su país en la guerra contra el Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) tenga lugar en el marco de una cooperación fructífera entre varios países al sur y norte del Mediterráneo y más allá. En la Cumbre de la OTAN que tuvo lugar en Gales fue anunciada a bombo y platillo la creación de una coalición de diez miembros contra el Estado Islámico. Esta coalición incluía a uno de los socios que más implicado está, por vulnerabilidad, cercanía y motivos históricos, con el cáncer que ya se ha extendido en una porción de territorio no desdeñable en Siria e Iraq y amenaza con extenderse a otros países de la región como es el caso del Líbano: Turquía.
Turquía se mostró, sin embargo, cuanto menos reacia – y cuanto más recalcitrante – a la hora de implicarse en una guerra directa contra el grupo. Cuando el Secretario de Estado estadounidense John Kerry viajo a Jeddah con el fin de ampliar la coalición y ganarse el beneplácito y apoyo de los países árabes, Turquía fue el único participante en la cumbre que se negó a firmar el comunicado final del 11 de septiembre. Tras haber recibido críticas a diestro y siniestro y en un ambiente tan tenso como el que alberga la sesión anual de la Asamblea General de Naciones Unidas, el Presidente turco Recep Tayyip Erdogan sorprendió a todos cuando el pasado martes 23 anunció una cooperación más profunda entre su país y la coalición contra el terror. La cooperación podría ser “militar (en el plano logístico o de intercambio de Inteligencia) o política”, pero por el momento no se han concretado acciones en este sentido. La semana pasada el Parlamento turco autorizar el uso de la fuerza y el despliegue de tropas tanto en Siria como en Iraq. La prohibición de utilizar el espacio aéreo turco, sin embargo, sigue en pie. Erdogan fue incluso más lejos, y añadió que la única manera de derrotar a los yihadistas era enviar tropas, algo a lo que de momento sus socios parecen oponerse por completo.
La razón inmediata de la renuencia de Ankara era el miedo a las represalias por parte del Estado Islámico: cuando IS tomó Mosoul, secuestró a 49 miembros del consulado turco – que fueron finalmente liberados el 20 de septiembre – . Yeni Safak, una publicación cercana al Gobierno del AKP (Partido de la Justicia y Democracia) ya apuntaba ésta como una de las varias razones que Turquía tenía en contra de adoptar un papel más activo en la estrategia americana contra IS. Una estrategia que en el mismo artículo denominan “trampa”. Podría pensarse que ahora que no hay ciudadanos turcos en cautiverio, Turquía no tiene ya excusa para mostrarse dubitativa. El país es sin embargo plenamente consciente de que se encuentra entre la espada y la pared: si se une a la coalición, los yihadistas volverán a amenazar a sus ciudadanos – como es el caso de los soldados turcos responsables de proteger una tumba otomana en territorio sirio bajo control del Estado Islámico -; si no es así, existe una posibilidad no desdeñable de que empeore la situación en el vecindario inmediato.
El país de Erdogan teme también alienar a la gran mayoría suní del país, y trasmitir así el mensaje de que está más dispuesta a luchar del lado de los chiíes iraquíes que de los rebeldes sirios que se enfrentan a Assad desde hace más de tres años. En este sentido, un 57% de la población turca se muestra contraria a la política exterior de Obama, de acuerdo con una encuesta del German Marshall Fund Transatlantic Trends Survey. Resulta útil recordar que, de acuerdo con una encuesta de similares características publicada en enero, la mayoría de la población prefiere que Turquía se mantenga neutral frente al conflicto sirio. Lo cierto es que debilitar al Estado Islámico no hace en cierto modo sino reforzar la posición de Assad, y los turcos son bien conscientes de ello, tal y como señaló el Primer Ministro Davutoglu el pasado 20 de septiembre.
Recela también Ankara de la posibilidad de que el atractivo del Estado Islámico cautive a sus propios ciudadanos. De acuerdo con un reciente artículo publicado por el New York Times, una parte no desdeñable de la población turca – de entre la que destaca más de un millón de refugiados sirios – representa el caldo de cultivo perfecto para la extremización y conversión al yihadismo. Según algunas fuentes, el número de yihadistas en Turquía puede llegar a 600. No hay que olvidar que es principalmente a través de los 1200 kms de porosa frontera entre Turquía y Siria que la oposición siria – tanto yihadistas como moderados – ha recibido hombres, dinero y armas, y ello con el consentimiento tácito de un gobierno islamista no dispuesto por el momento a intervenir directamente en el conflicto sirio pero sí a hacer todo lo posible para derrocar a Assad.
Tampoco es de extrañar la reacción de Turquía si se tiene en cuenta que es el único país cuyas fronteras están abiertas a refugiados provenientes de Siria e Iraq – aunque también a yihadistas provenientes de todas partes del mundo – , sin que por ello se haya visto ayudado por los mismos socios occidentales que ahora exigen su apoyo. De hecho, fueron éstos últimos los que se negaron a crear un fondo específico para refugiados que Ankara propuso hace ya más de un año. También se plantó Occidente ante la propuesta turca de crear una zona de exclusión aérea que quizás hubiese evitado – o al menos demorado – el debilitamiento de los rebeldes sirios que ha permitido en gran parte el ascenso del Estado Islámico.
Quizás la postura renovada de Erdogan tenga también algo que ver con las numerosas acusaciones de las que Turquía ha sido blanco, como puede ser la de comprar petróleo al Estado Islámico. Todo apunta a que no han existido compras oficiales, pero sí un cierto nivel de contrabando tolerado por el Gobierno, del que dependen multitud de economías locales. Ha sido también Turquía culpada de apoyar a grupos afiliados con Al-Qaeda – e incluso con el propio IS – en la lucha contra su archienemigo Bashar Al-Assad – . Es en efecto Turquía uno de los países que desde el primer momento se ha mostrado más activo en la lucha contra el tirano sirio, ofreciendo refugio para la oposición siria.
El pasado fin de semana entraron en el país 100.000 refugiados sirio-kurdos más, a los que de hecho no se ha permitido aún abandonar el país. No hay que desdeñar la importancia que reviste para los turcos el llamado “dilema kurdo”, sobre todo si se tiene en cuenta que el PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos) – elemento fundamental en la lucha por que el Kurdistán turco logre una mayor autonomía – se ha unido a los Peshmerga y a la rama militar del Partido de la Unión Democrática (partido kurdo en Siria) para crear un frente kurdo unido frente a la amenaza yihadista, quizás la semilla de lo que en el futuro puede convertirse en un nuevo estado llamado Kurdistán. Y es que la ecuación según la cual “los enemigos de tus enemigos son tus amigos” no se hace realidad en el caso de Turquía y el PKK, que según algunas informaciones ha recibido parte de las armas y fondos que Estados Unidos y Europa han facilitado a los Peshmerga. Ankara, que ha estrechado sus relaciones con el gobierno semiautónomo kurdo de Erbil y su líder Masoud Barzani – que no por coincidencia se erige hoy como uno de los principales enemigos de Abdullah Öcalan, teme que el PKK utilice en el futuro esos recursos para volver a atacar intereses turcos. Y todo ello en el marco de un proceso de negociaciones de paz que lleva alargándose durante años. Esta argumentación encuentra sin embargo un “pero”: puede que la rabia contenida de los kurdos turcos al ver abandonados a su suerte por su Gobierno a sus hermanos les lleve a poner fin definitivamente a las negociaciones de paz. De hecho, el PKK ya ha amenazado con dar por terminada la tregua como consecuencia de la postura timorata de Turquía tanto respecto de las negociaciones de paz como de la guerra en Siria e Iraq, en particular tras las masacres de Kobani (localidad kurdo-siria muy cercana a la frontera con Turquía).
Pese a la actitud reluctante de Turquía, simbolizada por la férrea negativa a que el Ejército estadounidense utilice la base aérea de Incirlik, el país contribuye en gran medida y por el momento a los esfuerzos occidentales de estabilización de la región, en forma de intercambio de Inteligencia y refuerzo de los controles de pasajeros y patrullas fronterizas. Un papel secundario y discreto en total consonancia con la nueva política exterior turca que el ahora Primer Ministro y antiguo Ministro de Asuntos Exteriores Ahmed Davutoglu empezó a poner en pie durante su mandato. Una política exterior, basada sobre el principio de una Turquía fuerte – inspirada por pulsiones neo-otomanas – capaz de moldear los eventos en la región y de garantizar que surjan cero problemas con los vecinos, que sin embargo ha dejado a un país que se pretendía modelo para sus vecinos marginado del resto de la comunidad internacional.

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