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La loca historia de las teorías conspiratorias en Oriente Medio

Es probable que visitando Egipto uno escuche la desconcertante historia según la cual un tiburón que atacó a un turista ruso en la ciudad costera de Sharm al Sheikh había sido entrenado por el Mossad. Las teorías conspiratorias no son un fenómeno exclusivo de Oriente Medio: muchos de nosotros hemos crecido con algunas de tanto calado del estilo de “el Hombre nunca llegó a la luna”, “Elvis sigue vivo” o “Diana y Dodi fueron asesinados por la Familia Real británica”. Nadie puede negar sin embargo que este tipo de teorías son tremendamente populares entre árabes y persas, y para muestra un botón: he aquí una recopilación de las más significativas.


  1. No os engañéis, el Estado Islámico es un producto made in Occidente, y Hillary Clinton así lo detallaba en sus Memorias.
  2. Estados Unidos se alió con los Hermanos Musulmanes para destruir Egipto. Morsi planeaba ceder toda la Península del Sinaí a Hamás.
  3. Un episodio de los Simpson demuestra cómo la mano de Estados Unidos se esconde tras del estallido de la primavera árabe.
  4. El Tratado de paz entre Egipto e Israel trajo cáncer, hepatitis y otras enfermedades al país árabe.
  5. Henry Kissinger tenía un plan para exiliar a todos los cristianos de Líbano cuando estalló la Guerra Civil en 1975.
  6. La monarquía saudí es de origen judíoGaddafi también lo era, de hechoAl igual que el califa de moda Abu Bakr al Baghdadi, que en verdad se llama Simon Elliot.
  7. Estados Unidos dio el último empujón para que Saddam invadiera Kuwait.
  8. Tanto las bebidas de Coca Cola como de Pepsi contienen sustancias porcinas y alcohol.
  9. La “Opción Sansón”: Israel tiene armas nucleares preparadas para ser lanzadas sobre todos y cada uno de los países del mundo árabe.
  10. Jomeini -si, aquel que lideró la revolución que puso a un país entero en guardia contra Occidente- era en realidad un infiltrado británico.
Analizadas con detalle, las teorías conspiratorias siguen un patrón particular. En la mayoría de ocasiones atañen a acontecimientos notables, no a sucesos del día a día. Exponen, asimismo, una visión dualista del mundo y recurren de continuo a acusaciones contra Israel y Occidente (ambos presentado como el great Satan) que, de acuerdo con el principio romano cui bono, tienen todas las papeletas para declararse principales beneficiarios de las desgracias de la región. Por otro lado, se trata en efecto de teorías, pero éstas no son falsables ni pueden ser científicamente refutadas, lo que hace mucho más difícil luchar contra su propia existencia.
Lo curioso es que estas teorías no están extendidas únicamente entre el “populacho”, sino que intelectuales y figuras políticas de renombre también las defienden, como es el caso de los numerosos políticos que aún afirman que el 11-S fue ideado en y por Estados Unidos. Y cuando no son las autoridades las que las divulgan, son las autoridades las que no las desmienten y toleran, al contrario de lo que ocurre en otros países. Es una muestra del importante papel que en este sentido juegan los medios de comunicación en la mayoría de los supuestos amordazados por el régimen correspondiente, así como las redes sociales, que hoy por hoy permiten que la teoría más descabellada alcance niveles de difusión insospechados. Los dilemas no resueltos, como el asesinato en 2005 del antiguo primer ministro libanés, Rafik Hariri, no hacen sino atizar los rumores, convirtiendo a las teorías conspiratorias en un ciclo sin fin.
Así como la guerra es, según Clausewitz, la continuación de la política por otros medios, las teorías conspiratorias son, a pesar de su carácter irrisorio, un instrumento político, un prisma muy útil a la hora de analizar la relación entre gobiernos y sociedades en Oriente Medio. Para los ciudadanos, éstas teorías representan una manera de expresar su frustración, consecuencia de la impotencia y de la opacidad de la toma de decisiones tan características de la gobernanza regional. Al fin y al cabo, estas teorías presentan a los líderes responsables como víctimas y no como culpables. Son también un valioso instrumento de dominación, una manera de poner a prueba la lealtad del público, del que desvían la atención y garantizan su adhesión y unidad frente a enemigos exteriores. Saddam Hussein hizo un uso magistral durante la Guerra del Golfo.
Estas teorías describen ataques no contra líderes perfectamente definidos, sino contra pueblos que tienen la obligación moral de mantenerse fieles a su nación. Y si no es la lealtad lo que se consigue, los ciudadanos se ven, al menos, obligados a otorgar reconocimiento a su líder, el único que se atreve a luchar contra la visión ortodoxa dominante, contra el enemigo común a la propia valía y fuerza del pueblo árabe. El discurso de Gaddafi en 2009 ante la Asamblea General de Naciones Unidas resulta muy ilustrativo, sembrado de perlas como la acusación de que la fiebre porcina era en verdad un ataque militar contra las regiones afectadas. Ante ejemplos como éste, ronda instantáneamente nuestras cabezas la duda de si algunos líderes se llegan a creer sus descabelladas hipótesis o no.
Debería evitarse recurrir a una visión simplista y orientalista cuando se habla de teorías conspiratorias, ya que éstas no representan una patología característica de los árabes, no es simplemente la vía a través de la cual explican -y exculpan- sus errores (autores como Daniel Pipes, por ejemplo, achacan su existencia a una tendencia antioccidental e incluso antidemocrática de los árabes). Puede que las teorías conspiratorias se nutran, en ocasiones, de la ignorancia, en particular del desconocimiento de la Historia, consecuencia de las carencias en los sistemas educativos de los propios países de las que sus líderes se sirven (ejemplo destacado también es el de Líbano), pero no es este siempre el caso: como señalaba Czeslaw Milosz en su obra La mente cautiva al referirse a los intelectuales en la Unión Soviética, la característica principal de esta mentalidad es que sus víctimas acaban por tener miedo incluso de pensar por sí mismas.
Es necesario tener en cuenta el peso de la Historia sobre estas poblaciones, y no perder nunca de vista que en el pasado éstas han sido, en efecto, testigos mudos de conspiraciones, como el acuerdo de Sykes-Picott, el derrocamiento de Mossadaq o la crisis de Suez de 1956. Y se hace a todas luces, por tanto, comprensible gran parte de la desconfianza ante un Occidente culpable de promesas incumplidas y abandono frente a situaciones desesperadas. Por no hablar de la injerencia extranjera continua. Líbano, país donde las teorías conspiratorias se han convertido en moneda corriente, se erige hoy -y se erigía ayer- como símbolo del entrometimiento de la mayoría de países de la región.
Las sociedades árabes han sido levantadas sobre la idea del secretismo: de los regímenes, en el sexo, en la arquitectura (como demuestran sus altísimos muros), entre sectas y comunidades… Este tipo de teorías nace, por tanto, del escepticismo también hacia la autoridad, los políticos, el Estado: siendo ciudadano árabe, te acostumbras a que te mientan y escondan información a cada oportunidad, por lo que no es de extrañar que acabes creyendo que cualquier cosa es posible. Y es que, a veces, la realidad institucional es tan laberíntica, que resulta más accesible explicarla con teorías simplistas. Por último, pero no menos importante, las teorías conspiratorias también se perfilan como una tendencia unificadora ante ideologías cambiantes -panarabismo, islamismo, socialismo, africanismo- que constantemente fracturan las sociedades. Czeslaw Milosz también hablaba del “consuelo” que la ensoñación traía consigo a las víctimas de la “mente cautiva”. Un consuelo que sin embargo, diríase, sigue escapando a los ciudadanos de la región.

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